Desnudar el alma (Ficción)

En su mesa de trabajo siempre existió un cubilete lleno de lápices. En ocasiones cuando veía que alguno de ellos no cumplía la medida mínima para lucir plenamente dentro del objeto cilíndrico, lo desechaba cual compañía aérea desecha a una azafata de vuelo bajita. El sacapuntas fue siempre su fiel aliado, pues no sólo le servía para afilar a los pobres que malvivían apretujados en el interior de aquella cárcel circular, sino que también apaciguaba sus nervios al hacer girar cadenciosamente la manivela del artilugio. Para los lápices aquello era un sinvivir. Cuando veían que su mano se aproximaba al cubilete, un temblor fisiológico se propagaba desde la goma hasta el extremo de su negra punta. Los que habían sido afilados recientemente parecían algo más tranquilos, pero los que peor lo pasaban eran aquellos que habían sido utilizados unas cuantas veces para realizar trazos sobre el papel, ya que eran conocedores del martirio que se les avecinaba. ¿Alguno de vosotros se ha preguntado alguna vez, qué siente un lápiz al ser afilado? Yo creo que debe de ser algo parecido a esto: “Las dudas se disiparon al sentir que el pulgar y el índice presionaban su alargada figura y lo extraían del cubilete”, ¡él era el elegido! Al mirar al frente pudo observar el orificio por el que en breves instantes sería introducido. En ese momento empezará su martirio al ser inmovilizado por unas mordazas que a buen seguro dejaran marcas en su esbelto físico. Seguidamente la manivela al girar activará la rotación de unas cuchillas helicoidales que filetearán la madera de cedro, dejando caer sus virutas en un recipiente. Será entonces cuando quedará al desnudo su puntiaguda “alma de grafito” Javier Sancho.

Comentarios

  1. Gracias por hacerme ver que no soy la única rara por tener un cubilete sólo para lápices. No puedo entender a la gente que mezcla los lápices y los bolígrafos en uno sólo; es como mezclar agua y aceite.

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